Un
niño hombre
Augusto
César Sandino
Los
pobres de la tierra.org
1928
A
Froylán Turcios
1.
Hace dos años, en los días del mes de noviembre
mi columna permanecía en línea de fuego en las montañas
de Quilalí, en espera de cuatro generales conservadores
que provistos de ametralladoras asesinaban impunemente hombres
de filiación liberal, no perdonando en tan cobarde asesinato
ni a las familias de éstos.
Por
un camino de los que llamamos picadas, caminos inextricables que
solamente los chañes o vaquéanos (guías)
conocen, llegó hasta la línea un niño de
9 años de edad. Solicita hablar con quien estas anotaciones
hace. Llegado a mi presencia le saludo, y él, al mismo
tiempo que me responde me entrega una alforjilla de mecate conteniendo
guineos y yucas cocidas con chicharrones enchilados.
Como
tantos niños de Nuestra América, ese niño
de pura raza india, en cuyos ojos brilla el orgullo indomable
de nuestros ascendientes, llevaba por vestido algo que fue camiseta
como se dejaba ver de dos rollitos de trapo arrollados en los
bíceps, pendientes por unas hilas de los restos de talle
que le quedaban en los hombros y un calzoncillo también
en hilas que pendían del cinto. Todo en el niño
expresaba la protesta viva contra la civilización actual
y lo que encerraba de sorpresa en la mirada todavía hace
que al recuerdo de aquella escena suba incontenible la emoción
a mi garganta.
Cuando
yo le regresaba la alforjilla, rindiéndole las gracias
y recomendándole dar mis saludos a sus padres, me respondió:
-Quiero
ser uno de sus soldados, quiero que usted me dé un arma
y tiros para pelear contra los bandidos que nos matan en nuestras
casas. En la mía supimos -agregó- que usted estaba
en la montaña y me vine trayéndole esas cosas para
que coma.
Fue
incorporado en nuestras fuerzas porque no hubo medio de convencerle
de que no podía resistir, debido a su edad, las rudezas
de la guerra. Ha tomado parte en 36 combates y hoy en vez de los
harapos, luce hermoso uniforme.
Es
un NIÑO HOMBRE.
Entre
este niño y otros de pocos meses de diferencia en edad
con él, incorporado en sus mismas condiciones morales y
físicas en aquellos mismos días, sostenían
el siguiente diálogo. Habla
el primer NIÑO-HOMBRE:
-Me
parece que se me ha quitado una montaña del cerebro. Tengo
deseos de recorrer las 20 Repúblicas de la América
Latina, pues dicen los compañeros que andan con nosotros,
y que han venido de aquellas repúblicas a pelear a nuestro
lado contra los machos, que somos 90 millones de latinoamericanos,
y como tú sabes, estas revoluciones tienen por objeto unir
nuestra raza contra los imperialistas yanquis.
-Está
bueno, hermano -responde su interlocutor- que pienses en viajar
y no perdamos las esperanzas de que más de una vez iremos
de Delegados de nuestro país a aquellas bellas tierras.
¿Podrían
estos niños pensar como ahora lo hacen si hubieran continuado
viviendo ignorados en sus jacales?
2.
Una cuarenticinquitío. Están sentados a
una mesita un hombre, su esposa y su hijo. La esposa deshoja unos
tamales de elote calientes que con cuajada de leche y otros manjares
del campo hacen la alegría del hogar. El marido sonríe
al plato, conversando animadamente sobre los acontecimientos que
la guerra antiimperialista ha desencadenado. El niño da
grandes sorbos al café con leche, mientras hace reconvenciones
al gato que en aquel momento sube al tabanco.
El
marido: -Vieja, es una sinvergüenzada que se va a terminar
la guerra contra los yanquis invasores y yo no voy a tomar parte
en ningún combate. ¿Qué podría contar
cuando a la llegada a Managua me preguntaran algo de esta gran
campaña?
La
esposa: -De veras, hijo, a mí me daría pena que
no tuvieras nada que contar; además que no sólo
por contar debes ir, sino porque es una obligación prestar
servicios a esta causa que es de todos nosotros. Prepárame
un poco de provisiones y te vas a penquear a los machos.
3.
Dos niños que juegan. Dos niños de 6 a
7 años de edad, hijos de los soldados, juegan a la guerra
en el centro de la casa mientras una lluvia torrencial hace desbordar
los ríos. Uno de ellos tiene un carrito de juguete y el
otro una gorra. El de la gorra le dice a su compañero.
-Te
compro el carrito.
-¿Y
qué me das tú? -responde el otro.
-Esta
gorra y unos botones.
-Ah
-dice el del carrito- poniendo en el gesto la seriedad de sus
frases, para eso hay necesidad de quince días de conferencias
y reunir a todo el Ejército para ver si se puede hacer
el negocio... Y siguen jugando a la guerra.
Estos
diálogos entre campesinos y muchachos del Ejército
me hacen comprender que la lucha que hemos emprendido dará
abundantes frutos para bien del progreso moral e intelectual de
nuestros pueblos; y aún a despecho de los abyectos, nadie
podrá borrar el odio que hoy existe en los habitantes de
Las Segovias contra los yanquis.
PATRIA
Y LIBERTAD.
A.
C. Sandino.
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