El Muro
Israel Shamir
Rebelión
9 de marzo de 2004
Traducido para Rebelión por Germán Leyens
Vimos “El Muro” de Pink Floyd en un pequeño, pobre cine,
venido a menos llamado Semadar, La Flor de la Vid, en la extraña
colonia alemana de Jerusalén. Vaciada de alemanes étnicos
por los judíos en 1948, sigue preservando sus viejas casas de piedra
con sus techos de tejas rojas, puntales con placas encastradas con citas
de los Salmos grabados en letras góticas, con enredaderas sobre la
mampostería y el misterioso cementerio de los templares al otro lado
de la pesada puerta.
Semadar, nombrado según una expresión del Cantar de los Cantares,
era un sitio favorito de los parlanchines en nuestro Paraíso Perdido,
en la Palestina anterior a la guerra, embrujada por la nostalgia, cuando
era frecuentada por oficiales británicos y la joven pandilla cosmopolitana
de los mejores y más brillantes armenios, griegos, judíos,
alemanes y palestinos nativos de la Ciudad Santa. Muchos matrimonios a través
de las fronteras, afiliaciones religiosas y pasiones políticas, se
formaron en ese pequeño patio romántico: la hija de un rabino
sefarad encontró a un aviador escocés, y un Nashashibi, vástago
de esa noble familia musulmana, encontró a una alegre muchacha sionista
de izquierda. Semadar no ha cambiado; sobrevivió nuestro otoño,
la Partición, para convertirse en parte integrante de una de las
novelas de Jerusalén de Amos Oz, como el hielo fósil sobrevive
el calentamiento global.
Semadar siguió siendo un sitio decente, aunque venido a menos, para
paseos familiares, en los años 80, los benditos días antes
de que el vídeo, la televisión y los ordenadores se apoderaran
de nuestro tiempo libre, y a menudo íbamos con los chicos a las películas.
Sin embargo, “El Muro” fue un fracaso. En medio de la cinta,
hay una escena horrible con una boca que se abre para devorarte, a ti, el
espectador.
Esa aterradora boca deshuesada, pero llena de dientes, cubría toda
la pantalla, cerniéndose sobre nuestras cabezas. Fue demasiado para
nuestro hijo de siete años y salió corriendo lanzando un grito
desgarrador. ¡Pero afuera, el lobby estaba repleto de afiches con
la misma inmensa boca! Pasamos varias horas tranquilizándolo y ese
símbolo del Muro, la horrible boca devoradora, siguió grabado
profundamente en mi memoria.
Volvió hoy con toda su fuerza, como un resorte suelto, cuando me
confronté con el Muro después de un hermoso paseo. Durante
muchas horas habíamos conducido y paseado por los suaves montes bíblicos
de las tierras altas, caminado entre el alto césped verde, recogido
altramuces púrpura, cruzado un arroyo que todavía estaba lleno
de agua y de amistosos niñas y niños de caras saludables y
bien vestidos que se mojaban ellos y a nosotros con juvenil abandono y pasamos
junto a sus padres en la cercana aldea de Anata que preparaban una merienda
de picnic y que nos saludaron con sus cordiales salaams. Saludamos a un
monje que descendía de su ermita junto al precipicio de St. Chariton
y recibimos su bendición; ahuyentamos a un rebaño de unas
cuatro o cinco tímidas gacelas con sus grupas con manchas blancas,
encendimos una vela ante la imagen bizantina de Nuestra Señora en
la iglesia de la aldea Taybeh, donde según la tradición local
cuidadosamente preservada, Cristo pasó sus últimos días
antes de la Pasión. Bebimos su famosa cerveza de barril en el Stones,
un espacioso café de dos pisos en la ciudad de Ramala, con un profesor
de filosofía vestido de tweed de la Universidad Bir Zeit, un arquitecto
de sonrisa irónica, un decaído judío de Inglaterra
con un increíble parecido con Noam Chomsky cuando era mas joven,
y una maravillosa belleza morena palestina crecida en el exilio tunecino
y educada en París.
Mientras nos acercábamos a los Campos de los Pastores, nos encontramos
con el Muro. Sus inmensas fauces devoradoras tronchaban el tierno campo
de Belén y la naturaleza desaparecía como si fuera un bombón.
Docenas de aplanadoras destrozaban los cerros, desarraigando higueras y
viñedos, moliendo rocas para alguna monstruosa Margarita. Demolían
antiguas casas de campesinos y torres medievales y desnudaban las laderas
por las que había caminado la Virgen. El Muro estaba construido como
una ancha autovía de cuatro pistas, flanqueada por dobles cercas
de alambrada de acero de 7 metros de alto, con cables de alta tensión
arriba, con cámaras cada cierta distancia, puestos para francotiradores,
y unas pocas puertas. Era la cerca carcelaria más formidable que
yo haya jamás visto, y rodeaba de cerca las casas de la aldea, como
un bailarín borracho de tango agarra a su pareja.
Los campesinos miraban a través de la malla hacia sus olivos, que
seguían allí, floreciendo todavía un poco, pero ya
separados, remotos, fuera de alcance.
Los campesinos estaban encerrados, tan seguros como en cualquier prisión,
detrás de ese Muro.
Sus campos, sus pastos, sus vertientes estaban excluidos. Un soldado israelí
hacía la guardia en una puerta. Ésta los conectaba con su
sustento, su tierra, su libertad – y podía ser abierta o cerrada
sólo por decisión del ejército. A la busca permanente
de una forma de hacer beneficios, el ejército fijó un pago
de dos dólares por persona por cada vez que se abre la puerta. Si
los palestinos quieren entretenerse con sus olivos, ¡que paguen por
el placer de hacerlo!
En algunos sitios el Muro era una inmensa construcción de hormigón,
que se robaba el paisaje, la vista, encerrando a los aldeanos en un amplio
patio de prisión. Pero el muro de malla era aún peor, porque
permitía una tentadora vista de la tierra que solían llamar
suya. El Muro recorre cientos y cientos de kilómetros, rodeando aldeas,
separándolos de sus tierras y devorando la hermosa naturaleza de
Palestina.
Este Muro no fue una invención nueva. Lo he visto antes. No lejos
del sagrado Monte Carmel había una aldea armenia. Fue establecida
por refugiados armenios que huían de la furia de los kurdos en 1915.
Los palestinos, siempre hospitalarios, les ayudaron a construir sus casas
y les dieron la tierra en usufructo, porque esos armenios eran campesinos
de orillas del lago Van. En 1948 su aldea llegó a ser parte del Estado
judío. Los judíos no los mataron, no los expulsaron, sólo
rodearon su aldea con un Muro y la estrangularon. La aldea viva perdió
sus tierras y fue convertida en una prisión con una puerta bajo permanente
control – del ejército judío. Los armenios duraron diez
años. En los años 50, el último armenio vendió
su casa por una miseria a los judíos y escapó.
El Muro tuvo un precursor: el sistema de las rutas ‘sólo para
judíos’. Mientras Haifa o Afula no tienen rutas de circunvalación,
cada aldea árabe tiene una: una ancha carretera de circunvalación
que la rodea y limita su desarrollo. Cientos de casas palestinas fueron
demolidas, miles de acres devastados, mientras construían la red
de circunvalación utilizando una receta copiada de “La guía
del autoestopista a la Galaxia”. Fue hecho sin razón visible,
porque los pequeños asentamientos judíos no necesitaban esa
inversión de miles de millones para su “seguridad”.
Además, las carreteras recién construidas eran generalmente
bloqueadas por el ejército. Ahora, con el Muro que crece más
y más, la red de circunvalación comienza a tener sentido:
fue la Primera Etapa de devastación y encarcelamiento.
El Muro dejará los olivares en manos de los colonos, escribió
el siempre tan racional Uri Avneri. Pero los colonos no necesitan olivos
y no tienen intenciones de labrar la tierra. Prefieren quemar los árboles.
Los colonos no son la causa, sino una racionalización de la causa:
el deseo de despoblar Palestina y destruir su naturaleza.
¿Podía ser diferente? El programa del sionismo victorioso
que se realiza actualmente fue retratado en un ensayo de los años
30, “El muro de hierro” de Vladimir Zhabotinsky. Pero las raíces
son más profundas, porque el Muro es la manifestación máxima
del espíritu judío y se adecua al Estado judío. Hay
docenas de palabras para ‘muro’ en las lenguas judías,
probablemente tantas como los esquimales tienen para ‘nieve’.
El símbolo sagrado de los judíos es el Muro de los Lamentos,
su calle favorita es Wall Street, Los egipcios, babilonios, cristianos y
musulmanes construyeron pirámides, torres, catedrales, verticales
para conectar el Cielo y la Tierra; pero los auto-deificantes judíos
no necesitan ni Cielo ni Tierra, y lo primero que construyen – de
Londres a Minnesota - es eruv, un Muro simbólico que los separe de
los no-judíos. La única inscripción existente del Templo
Judío (destruido cuarenta años después de que Cristo
fuera juzgado ante sus Muros) no es el Decálogo, o los Diez Mandamientos,
o enseñanzas morales, sino un trozo de un Muro con una advertencia:
“Goy, si cruzas este Muro, sólo tú serás el culpable
por tu dolorosa muerte”.
La parte más importante de la enseñanza judía es la
máxima: “construye un Muro alrededor de la Torah”. Realza
cada prohibición de la Ley con una docena de prohibiciones adicionales.
A un judío se le prohíbe recoger frutas el Sabbath, pero “el
Muro” también prohíbe subir a un árbol, no vaya
a ser que alguien se sienta tentado de coger sus frutos. Bueno, ¿y
qué pasa con un abedul o un abeto sin frutos? Está prohibido
por la misma razón: este sábado te subirás a un abedul,
el próximo te subirás a un manzano, y dentro de un mes cogerás
una manzana y cometerás una verdadera trasgresión.
El Muro de Sharon es un Muro alrededor de la Torah, porque si dejas que
un goy se pasee libremente tarde o temprano podrá matar a un judío.
El Muro de Sharon es un Muro del Templo, porque un goy que lo cruce será
él mismo culpable por la bala de un francotirador. El Muro de Sharon
es un Muro de los Lamentos para los palestinos, y es un Wall Street para
los contratistas judíos de la construcción. La voz que manda
es la de Jacob, pero las manos son las manos de Esaú: el Muro es
construido con el sudor de trabajadores palestinos empobrecidos, vigilados
por rusos, pagados por los estadounidenses para encarcelar a sus hermanos.
Los contratistas viven una bonanza, una nueva edición de su empresa
anterior, el Muro Bar Lev de 17 metros de alto, construido sobre las orillas
del Canal de Suez en los años 70 y demolido por cañones lanza-agua
del Tercer Ejército egipcio del mariscal Sadat, hechos por los soviéticos,
el 6 de octubre de 1973. Del Muro sólo sobrevivieron a la guerra
de 1973 las villas de los contratistas. Este Muro es el genuino Mapa de
Ruta de los sionistas, porque cuando terminen el Muro, Palestina habrá
sido arruinada y lo que eran sus felices habitantes habrán sido convertidos
en refugiados. Mas la suerte de los judíos tampoco será envidiable,
porque el Muro está por todas partes. Cada negocio, cada restaurante,
cada pub en lo que solía ser un alegre Tel Aviv tiene su Muro viviente:
un muchacho ruso o ucraniano importado para que lo vigile. Por cuatro dólares
por hora detienen a los atacantes con sus cuerpos y son enterrados detrás
del Muro del cementerio. Nosotros, los israelíes, sufrimos cacheos
diez veces al día, cuando vamos de compras, a la oficina, al trabajo,
o a divertirnos. No hay un edificio al que se pueda entrar sin ser registrado.
Así, la Tierra Santa se ha convertido en una prisión de alta
seguridad para todos sus habitantes, judíos y no-judíos por
igual.
Era predecible. Los judíos no fueron encerrados por malvados extraños
dentro de los muros de los guetos, escribió Vladimir Zhabotinsky,
lo eligieron como los extranjeros en China eligieron la vida en sus asentamientos
separados. Cincuenta años más tarde, Israel
Shahak hizo otra observación válida: los muros del gueto
fueron rotos desde afuera, por el estado, mientras los judíos se
mostraban reacios a partir. Los muros visibles fueron rotos, pero los muros
interiores sobrevivieron. El estado judío es la encarnación
del miedo del judío paranoico y su aversión al extraño,
mientras las políticas conspirativas del Pentágono constituyen
otra manifestación del mismo miedo y aversión a escala global.
No sólo los individuos, sociedades y culturas enteras pueden ser
insanas. Este importante descubrimiento fue realizado por la socióloga
estadounidense Ruth Benedict, una cercana y admirada amiga de Margaret Mead
y Franz Boas.
Su “Patterns of Culture” (1934) sigue siendo una de las obras
sobre ciencias sociales más ampliamente leídas de todos los
tiempos. En esta obra, Ruth Benedict describió diferentes culturas
nativas estadounidenses y caracterizó a los indios Pueblo como “plácidos
y armoniosos”.
El sociólogo judío Franz Boas le suministró información
mostrando el “carácter auto-engrandecedor, megalomaníaco,
de los Kwakiutl”, mientras Reo Fortune demostró que los isleños
dobu eran “paranoicos y de espíritu maligno”.
Esta última definición les va a los judíos, como cultura,
como anillo al dedo. ¿Qué fue esa obsesiva búsqueda
de Armas de Destrucción Masiva en Irak, inspirada por teorías
conspirativas, sino un ataque de paranoia, el miedo a un goy engañado
con un hacha? Israel actual, el país de los cacheos perennes, es
la máxima expresión de las sociedades paranoicas, según
Ruth Benedict. EE.UU. está sucumbiendo a la misma enfermedad bajo
la actual camarilla gobernante de seguidores de Leo Strauss: construye muros
y desarma a países lejanos, así como a sus propios ciudadanos,
porque la paranoia judía es extremadamente contagiosa.
Es inútil combatir al Muro, igual como fue inútil combatir
a los asentamientos ilegales, mientras se ignore la causa. “El Muro
se encuentra en el corazón”, ubeliba homa, cantaban los judíos
cuando conquistaron Jerusalén en 1967. El Muro está en el
corazón del problema, que constituye el estado judío en Palestina.
Activistas por la paz jóvenes y no-tan-jóvenes sobre los montes
a lo largo del Muro siguen agitando la consigna “Dos Estados”
ante las aplanadoras, aunque las aplanadoras realizan el sueño de
los Dos Estados, mi pesadilla: un estado judío y una cadena de reservas
para los goyim, el “Estado palestino”. El que dice: “Un
Estado palestino independiente junto al Estado judío”, cierra
los ojos ante el Muro. El Muro es una operación de separación
de los mellizos siameses y sólo el más fuerte lo sobrevivirá.
Las discusiones sobre el Muro se estancan en Israel: la vasta mayoría
de los israelíes, del Partido Laborista al Likud, lo apoyan, mientras
que los israelíes ‘amantes de la paz’ son los mejores
defensores de las “Fauces Devoradoras”.
El Muro se burla de las almas inocentes inflamadas por el Mapa de Ruta,
otro plan para separar a los mellizos condenado al fracaso. A Sharon no
le preocupa, porque asegura suficientes demoras para terminar el Muro, pone
la responsabilidad del mantenimiento de la paz del lado palestino, le da
plena libertad de acción a cambio de unas vanas promesas.
Los activistas por la paz esperan alterar el recorrido del Muro un poco
por aquí y un poco por allá. Pero no ayudará, porque
el Muro siempre separará a la gente de su tierra. Dondequiera que
lo pongan, separará a los refugiados en el campo de refugiados Deheishe
de sus casas en Deir a-Sheik, a 15 kilómetros de distancia
Separará a los cristianos de Taybeh del Sagrado Sepulcro y a los
musulmanes de Yassouf de al-Aqsa. Separará a los judíos de
los sitios santos. Separará a los campesinos de las tierras altas
de sus puestos de trabajo en Tel Aviv y Haifa.
El Muro de Sharon, ese rotundo desastre, ofrece una rara oportunidad para
observar la verdadera naturaleza del Estado judío, y para llamar
a desmantelarlo. ¡No sólo el Muro, tontito! El Estado judío.
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