Quema
de libros
Hermann
Bellinghausen
La
Jornada
10
de enero de 2005
Bill Gates, que sabe muchas cosas que nosotros no, aunque nos
conciernen, confirmó recientemente la certeza posmoderna
de que los libros desaparecerán. Y pronto. Así que
las nuestras serán las últimas generaciones en manejar
esos pesados y polvosos vejestorios, presa (pero no tan fácil)
del fuego purificador de los imbéciles en el pasado, y
hoy en las colas de los jubilados para cobrar pensión.
Si el hombre más rico del mundo tiene razón, vamos
extrañar los libros.
Perdone el
lector que me ponga sentimental, pero es que quiero mucho a los
libros. Aunque algunos pocos, poquitos, son peligrosos y mortíferos,
la mayoría le hacen bien a la gente, si son buenos libros.
Y si malos, no suele ser grave; descomponen el gusto, si acaso.
Es cosa de cada quien.
Siendo la
lectura una actividad minoritaria e incluso inexistente en muchos
lugares del planeta, la edad post Gutenberg que toca a su fin
ha sido el periodo histórico de mayor esplendor para esas
extrañas operaciones mentales que son la lectura y la escritura,
basadas en signos arbitrarios (letras, ideogramas, glifos).
¿Son
imaginables futuras sectas y monasterios dedicados a la transcripción,
lectura y preservación de los libros, como antes del Renacimiento?
¿O ni siquiera?
Grupitos de
lectores que preserven libros y códices, se los transmitan
de generación en generación, callandito, y produzcan
algunos más. ¿Podría cumplirse la fantasía
canónica de Farenheit 451, en un hipotético mundo
donde la lectura está prohibida y los autos de fe son mera
aplicación de las leyes vigentes y "combate a la piratería"?
Míster
Gates no es único en vaticinar la muerte del libro. Pero
él está especialmente calificado. De manera no tan
simbólica, su hoy universal método se llama Palabra
(en inglés), y sus páginas monopolizan el uso literal
de Ventanas y otros iconos. El sistema ideado en su microsuave
empresa planetaria lo ha hecho inconcebiblemente rico. Y nada
más porque persisten algunas limitaciones al monopolio
dentro de su país (que respecto al resto del mundo ya prescinde
de cualquier limitación legal), Gates no se ha adueñado
de los demás sistemas sonoros, visuales y virtuales, pero
les marca el paso. Su histórico rival, Míster Chambas
(Steve Jobs y la maquintóshica heredad), le sigue la huella
tratando de evadirlo por un camino más visual, y da la
batalla porque en un futuro totalitario también harían
falta los servicios de la dialéctica. Hasta el mercado
la necesita de vez en cuando.
Enmedio de
esto, los libros aparecen apenas como algunas de las víctimas
propiciatorias a las cuales se ofrece a cambio un futuro "evolucionado",
"desarrollado". Conceptuado como "sistema de almacenamiento
de información", el libro "mejorará",
será "potenciado". Se supone. ¿Cuántas
personas poseen o poseerán computadoras o lo que las sustituya?
Lo mismo da. ¿Cuántas poseían libros y cuadernos
en los siglos pasados y antepasados? Muchísimas menos.
Hasta ahora,
las compus no se salvan de la única opción concreta
del libro para existir: ser leídas. Y la pantalla, con
perdón, es una página asquerosa e incómoda.
La única otra opción es, sí, imprimirla.
Copiarla. El método de almacenamiento tal vez cambie, y
librerías y bibliotecas tiendan a lo digital, pero la existencia
del objeto "página" (y el objeto "libro",
por ende) deberá seguir inevitable.
A menos que
la lectura como tal desaparezca y se ideen formas de introducir
palabras e información en las personas por vía paraocular,
las tablillas de Gilgamesh, los papiros de Herodoto y Homero,
los códices, las piedras de Piedras Negras y las hojas
de papel que contienen el Rabinal Achí, a Cervantes, Shakespeare,
Dante, Kafka y el resto, no parecen prescindibles.
Según
Gates y otros profetas del progreso, sí lo son. Antes que
videntes, comerciantes, ellos sabrán por qué, pues
van sobre seguro.
Las inquisiciones
tipo habsbúrgico-borbónico o hitleriano quemaban
los libros "diabólicos" o "decadentes",
pero preservaban otros. Quizás el Khmer Rouge sea una excepción:
desaparecerlo todo, incluso los catecismos propios. Conocemos
otras experiencias de brutalidad contra la palabra y la memoria,
como la del ejército yanqui al devastar Mesopotamia en
2003, con tal cinismo que hasta a la muy institucional National
Geographic Society se le pusieron los pelos de punta. La barbarie
indiscriminada se ha visto infinidad de veces. Ni que Atila, Tamerlán
o los señores de Toniná fueran cuentos viejos. Como
mataron, murieron.
La previsión
de Gates, un auténtico lugar común a estas alturas,
se presume civilizatoria, no bárbara. Qué alivio.
Lo bárbaro, ilegal y pirata será el libro. ¿Que
los nuevos sistemas de registro, memoria y almacenaje guardan
en sí gérmenes de control, manipulación y
hasta de extinción propia? Sí, pero también
ofrecen alternativas para difundir, de pantalla en pantalla, de
monasterio en monasterio, ese bicho infeccioso aún llamado
libro.
Quizá
me equivoco. Suele suceder. Me conforta imaginar que la lectura
sobrevivirá a los gobernantes y magnates de los países
(el nuestro, sin ir más lejos). Ninguna hoguera será
suficiente para reducir a cenizas la añeja y terca conversación
de los siglos y las lenguas.
No los comparo,
por supuesto, pero Gates comparte con Himmler y Torquemada una
cierta fe en la eficacia. Con íntima tristeza reaccionaria
hago votos por que el audaz multimillonario se equivoque, al menos
en este punto.
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