La reestructuración capitalista y el sistema-mundo
Immanuel Wallerstein
Argenpress.info
publicado el 5 de noviembre del 2002
ALCArajo: Mensaje 889
El eminente pensador Immanuel Wallerstein analiza la
reestructuración imperialista, tesis que confirmó en
octubre del 2001 en el Foro de Porto Alegre. Se trata
de la mente más lúcida del pensamiento revolucionario
actual, que debe ser especialmente tenido en cuenta.Conferencia pronunciada en el XX Congreso de la
Asociación Latinoamericana de Sociología. México, del 2 al 6 de
octubre de 1995.El año 1968 marcó el comienzo de un desmoronamiento
rápido de todo lo que los poderosos han erigido en el
sistema-mundo con la geocultura liberal después de
1945. Dos elementos concurrían. El alza fenomenal de
la economía-mundo alcanzó sus límites e íbamos a
entrar en la fase B de nuestro ciclo Kondratieff
actual. Políticamente, habíamos llegado a la cima de
los esfuerzos antisistémicos mundiales. Vietnam, Cuba,
el comunismo con rostro humano en Checoslovaquia, el
movimiento de poder negro en Estados Unidos, los
inicios de la revolución cultural en China, y tantos
otros movimientos no previstos en los años cincuenta.
Eso culminaba con las revoluciones de 1968,
revoluciones sobre todo estudiantiles, pero no
exclusivamente, en muchos países.Vivimos después las consecuencias de la ruptura
histórica generada por esta segunda revolución
mundial, una ruptura que ha tenido sobre las
estrategias políticas un impacto tan grande como el
impacto de la primera revolución mundial, que fue esa
de 1848.Sin embargo, 1968 dejó heridas y agonizantes dos
víctimas: la ideología liberal y los movimientos de la
vieja izquierda. Para la ideología liberal, el golpe
el más grave fue la pérdida de su rol como única
ideología imaginable de la modernidad racional. Entre
1789 e 1848, el liberalismo existía ya, pero solamente
como una ideología posible, enfrentado a un
conservadurismo duro y un radicalismo naciente. Entre
1848 e 1968, a mi juicio, como vengo de afirmar, el
liberalismo llegó a ser la geocultura del
sistema-mundo capitalista. Los conservadores y los
socialistas (o radicales) se han convertido en
avatares del liberalismo. Después de 1968, los
conservadores y los radicales han retrocedido a sus
actitudes anteriores a 1848, negando la validad moral
del liberalismo. La vieja izquierda, comprometida con
el liberalismo, hizo esfuerzos valientes para cambiar
de piel, adoptando un barniz de nueva izquierda, pero
no lo logró en realidad. Más bien, ha corrompido los
pequeños movimientos de la nueva izquierda, mucho más
de lo que ellos misma pudieran realmente convertir la
vieja izquierda. Seguía inevitablemente el declinio
global de los movimientos de la vieja izquierda.Al mismo tiempo, sufríamos los azares de una fase B de
un ciclo Kondratieff. No es necesario rememorar ahora
los itinerarios en detalle. Recordemos únicamente dos
momentos. En 1973 la OPEP lanzó el alza de los precios
del petróleo. Observemos las variadas consecuencias.
Fue una bonanza en renta para los países productores
incluso en América Latina (México, Venezuela y
Ecuador). Fue una bonanza para las empresas
transnacionales de petróleo. Fue una bonanza para los
bancos transnacionales en los cuales fue en seguida
depositada la renta no gastada. Ayudaba, por un cierto
tiempo, a los Estados Unidos en su competencia con la
Europa Occidental y con el Japón, porque Estados
Unidos era menos dependiente de la importación de
petróleo. Fue un desastre para todos los países del
Tercer Mundo y del bloque comunista que no fueran
productores de petróleo. Los presupuestos nacionales
cayeron en déficit dramáticos. Complicó las
dificultades de los países centrales reduciendo aún
más la demanda global para sus productos.¿Cuál fue el resultado? Hubo dos etapas. Primeramente,
los bancos transnacionales, con el apoyo de los
gobiernos centrales, ofrecían energéticamente
empréstitos a los gobiernos pobres en situaciones
desesperadas, e inclusive a los propios gobiernos
productores de petróleo. Claro que los gobiernos
pobres cogieron este salvavidas para mantenerse contra
la amenaza de tumultos populares y los gobiernos
productores de petróleo se aprovecharon de la
oportunidad de 'desarrollarse' rápidamente. Al mismo
tiempo, estos empréstitos redujeron los problemas
económicos de los países centrales aumentando su
posibilidad de vender sus productos en el mercado
mundial.La única pequeña dificultad con esta bella solución
era que había que reembolsar los préstamos. En unos
años, el interés compuesto de las deudas llegó a ser
un porcentaje enorme de los presupuestos anuales de
los países deudores. Fue imposible controlar ese
sumidero galopante de los recursos nacionales. Polonia
debe su crisis de 1980 a este problema. Y en 1982
México anunció que no podía continuar pagando.Quedaron los dilemas de una economía-mundo en
estancamiento. Si no era posible atenuar más este
estancamiento mundial con los empréstitos de países
pobres, era necesario hallar en los años ochenta otros
expedientes. El mundo financiero-político ha inventado
dos. Un nuevo prestador se presentó: Estados Unidos;
que, bajo Reagan, practicaba una política keynesiana
oculta. Como sabemos, la política de Reagan ha
sostenido ciertas grandes empresas estadounidenses y
ha limitado el desempleo, pero acentuando la
polarización interna. Así ha ayudado a sostener los
ingresos en Europa Occidental y Japón. Pero
evidentemente el mismo problema iba a presentarse. El
interés sobre la deuda empezaba a ser demasiado
pesado. De nuevo sobrevino una crisis de deuda
nacional. Los Estados Unidos se hallaron en una
situación tan desconcertante, que para jugar el rol de
líder militar del mundo en la Guerra del Golfo en 1991
fue necesario que Japón, Alemania, Arabia Saudita y
Kuwait pagan lo esencial de los gastos. ¡Sic transit
gloria! A fin de impedir un poco un ocaso precipitado
que estaba en marcha, los Estados Unidos recurren a la
solución FMI, infligiéndose su propio castigo. Se
llama 'El Contrato para América.' Exactamente como
insiste el FMI para los países pobres, los EE.UU.
están reduciendo el nivel de vida de los pobres, sin
perjuicio de mantener, inclusive aumentar, las
posibilidades de acumulación para una minoría de la
población.El segundo expediente resultó del hecho que un aspecto
fundamental de toda fase B de los ciclos Kondratieff,
es la dificultad acentuada de obtener grandes
beneficios en el sector productivo. O para ser más
precisos, la fase B se caracteriza, se explica, por la
restricción de beneficios. Eso no llega a ser un
obstáculo para un gran capitalista. Si no hay un
margen suficiente de beneficios en la producción, se
vuelve hacia el sector financiero para sacar ganancias
de la especulación. En las decisiones económicas de
los años ochenta, vemos que esto se traducía en el
fenómeno del súbito control de grandes corporaciones
por medio de los llamados junk bonds o bonos basura.
Visto desde el exterior, lo que sucede es que las
grandes corporaciones se están endeudando, con la
misma consecuencia, en el corto plazo, para la
economía-mundo, una inyección de actividad económica
que constituye una lucha contra el estancamiento. Pero
luchan con las mismas limitaciones. Deben pagar las
deudas.Cuando eso se muestra imposible, la empresa va a la
bancarrota o entra un 'FMI privado' que impone la
reestructuración, es decir, el despido de empleados.
De estos acontecimientos tristes, casi indecentes, de
los años 1970-1995, ¿qué conclusiones políticas han
sacado las masas populares? Me parece obvio. La
primera conclusión que han sacado es que la
perspectiva de reformas graduales que permitirían la
eliminación del foso rico-pobre,
desarrollado-subdesarrollado, no es posible en la
situación actual.La revolución de 1968 eliminó la fe en el reformismo,
incluso el tipo de reformismo que se llamaba
revolucionario. Los veinticinco años posteriores de
eliminación de las ganancias económicas de los años
1945-1970, destruyeron las ilusiones que aún
persistían. País trás país, el pueblo dejó de confiar
en los movimientos herederos de la vieja izquierda,
sea populista, sea de liberación nacional, sea
socialdemócrata, sea leninista. El derrumbe de los
comunismos en 1989 fue la culminación de la revolución
de 1968, la caída de los movimientos que pretendían
ser los más fuertes y los más militantes. Su pérdida
de apoyo popular fue ultradramático y para muchas
personas, incluso evidentemente para muchos
intelectuales de las Américas, un desarreglo de toda
una vida mental y espiritual.Los coyotes del capitalismo han gritado victoria. Pero
los defensores más sofisticados del sistema actual
sabían mejor. La derrota del leninismo, y es una
derrota definitiva, es un catástrofe para los
poderosos. Eliminó el último y mejor escudo político,
su única garantía, como fue el hecho de que las masas
creyeran en la certidumbre de un éxito del reformismo.
Y en consecuencia, ahora esas masas no están más
dispuestas a ser tan pacientes como en el pasado. La
caída de los comunismos es un fenómeno muy
radicalizante para el sistema. Lo que se derrumbó en
1989 fue precisamente la ideología liberal.Lo que proporcionaba el liberalismo a las clases
peligrosas fue sobre todo la esperanza, o mejor la
seguridad del progreso. Fue una esperanza muy
materialista, todo el mundo finalmente tendrá un nivel
de vida confortable y saludable, una educación, una
posición honorable para sí mismo y sus descendientes.
Lo fue prometido si no para hoy, pues en un próximo
mañana. La esperanza justificaba las demoras, a
condición de que hubiera ciertas reformas
gobernamentales visibles y alguna también visible
actividad militante de parte de los que esperaban.
Mientras tanto, los pobres trabajaron, votaron y
sirvieron en los ejércitos. Es decir, hicieron
funcionar el sistema capitalista.Perdida esta esperanza, ¿qué harían las clases
peligrosas? Lo sabemos, porque lo vivimos actualmente.
Renuncian a su fe en los estados, no únicamente en el
estado en manos de los 'otros,' sino en todo estado.
Llegan a ser muy cínicos en lo que concierne los
políticos, los burócratas y también respecto de los
líderes llamados revolucionarios. Empiezan a abrazar
un antiestatismo radical.¿Está contenta, la gente ordinaria, con esta nueva
postura? Tampoco. Al contrario, tienen mucho miedo.
Los estados fueron sin duda opresivos, desconfiables,
pero fueron también, al mismo tiempo, fuentes de
seguridad cotidiana. En ausencia de fe en los estados,
¿quiénes van garantizar la vida y la propiedad
personal? Llega a ser necesario retornar al sistema
premoderno: debemos proveernos de nuestra propia
seguridad. Funcionamos como la policía, el recaudador
de impuestos y el maestro escolar. Además, porque es
difícil asumir todas estas tareas, nos sometemos a
'grupos' construidos de múltiples maneras y con varias
etiquetas. Lo nuevo no es que estos grupos se
organicen, sino que comiencen a asumir las funciones
que otrora pertenecían a la esfera estatal. Y al hacer
eso, las poblaciones están menos y menos listas a
aceptar lo que los gobiernos les impongan para estas
actividades. Después de cinco siglos de
fortalecimiento de los estructuras estatales, en el
seno de un sistema interestatal también en
fortalecimiento continuado, vivimos actualmente la
primera gran retracción del rol de los estados y
necesariamente por tanto también del rol del sistema
interestatal.No es algo menor. Es un terremoto en el sistema
histórico del cual somos participantes. Estos grupos a
los cuales nos sometemos representan una cosa muy
distinta de las naciones que construíamos en los dos
últimos siglos. Los miembros no son 'ciudadanos,'
porque las fronteras de los grupos no son definidos
jurídicamente sino místicamente, no para incluir sino
para rechazar.¿Es esto bueno o malo? ¿Y para quiénes? Desde el punto
de vista de los poderosos, es un fenómeno muy volátil.
Desde el punto de vista de una derecha resucitada, da
la posibilidad de erradicar el estado de bienestar y
permitir el florecimiento de los egoísmos de corta
duración ('après moi le déluge!'). Desde el punto de
vista de las clases oprimidas, es una espada de doble
filo y tampoco están seguras de si deberían luchar
contra la derecha porque sus proposiciones les hacen
daños inmediatos graves o apoyar la destrucción de un
estado que les ha defraudado.Pienso que el colapso de la fe popular en la
inevitabilidad de una transformación igualizante es el
más serio golpe para los defensores del sistema
actual, pero seguramente no es el único. El
sistema-mundo capitalista está desagregándose a causa
de un conjunto de vectores. Podríamos decir que esta
desagregación es muy sobredeterminada. Voy a discutir
brevemente algunos de estos vectores inquietantes para
el funcionamiento del sistema-mundo.Antes de hacerlo, debo decir que no se presenta como
un problema de tecnología. Algunos sostienen que el
proceso continuo de mecanización de la producción
resultará en la eliminación de empleos posibles. No lo
creo. Podemos todavía inventar otras tareas para la
fuerza de trabajo. Otros declaran que la revolución
informática acarreará un proceso de globalización que
en sí hace caduco el rol de los estados. No lo creo
tampoco, porque la globalidad ha sido elemento
esencial de la economía-mundo capitalista desde el
siglo XVI. No es nada de nuevo. Si estos fueron los
únicos problemas de los capitalistas en el siglo XXI,
estoy seguro que podrían hacer lo necesario a fin de
mantener el impulso de la acumulación incesante de
capital. Hay cosas peores.Primeramente, para los empresarios hay dos dilemas que
son casi imposibles de resolver: la desruralización
del mundo y la crisis ecológica. Los dos son buenos
ejemplos de procesos que van de cero a ciento por
ciento y cuando llegan cerca de la asíntota, pierden
valor como mecanismos de ajuste. Esto constituye la
fase última de una contradicción interna.¿Qué ha sucedido para que el mundo moderno se haya
desruralizado progresivamente? Una explicación
tradicional es que la industrialización exige la
urbanización. Pero no es verdad. Todavía quedan
industrias localizadas en las regiones rurales y hemos
ya notado la oscilación cíclica entre la concentración
y la dispersión geográfica de la industria mundial. La
explicación es diferente. Cada vez que hay
estancamiento cíclico en la economía-mundo, uno de los
resultados al fin de estos períodos es una
movilización acrecentada de los proletarios urbanos
contra la declinación de su poder de compra. Así se
crea una tensión que los capitalistas resisten, por
supuesto. Sin embargo, la organización obrera aumenta
y comienza a ser peligrosa. Al mismo tiempo, las
reorganizaciones empresariales alcanzan un momento en
que podrían relanzar la economía-mundo sobre la base
de nuevos productos monopolizados. Pero falta un
elemento, la demanda global suficiente.Frente a esto, la solución es clásica: alzar los
ingresos de los proletarios, sobre todo de los obreros
calificados, incluso facilitar para algunos el ingreso
en esas categorías. Del mismo golpe, resuelven los
problemas de la tensión política y de la falta de
demanda suficiente. Pero hay una contrapartida. El
porcentaje de plusvalía que corresponde a los
propietarios ha disminuido. Para compensar esta caída
de plusvalía relativa, de nuevo existe una solución
clásica: transferir algunos sectores de actividad
económica que no son más muy rentables, hacia zonas
donde hay una población rural importante, una parte de
la cual podría ser atraída a nuevas localidades
urbanas de producción, por salarios que representan
para ellos un aumento de sus entradas familiares, pero
que en la escena mundial representan costes de trabajo
industrial mínimos. En efecto, a fin de resolver las
dificultades recurrentes de los estancamientos
cíclicos, los capitalistas fomentan cada vez una
desruralización parcial del mundo. Pero, ¿y sino hay
más poblaciones a desruralizar? Hoy nos acercamos a
esta situación. Las poblaciones rurales, todavía hace
no mucho fuertes en la propia Europa, han desaparecido
enteramente de muchas regiones del mundo y disminuyen
en todas partes. Probablemente, son menos de 50%
mundialmente hoy y dentro de 25 años la cifra va ser
menos de 25%. La consecuencia es clara. No habrá
nuevas poblaciones de bajo pago para compensar los
salarios más elevados de los sectores proletarizados
anteriormente. En efecto, el coste de trabajo
aumentará mundialmente, sin que los capitalistas
puedan evitarlo.Lo mismo pasa con la ecología. ¿Por qué existe hoy una
crisis ecológica? No es complicado explicarlo. A fin
de maximizar los beneficios, hay dos recursos
principales para un capitalista: no pagar demasiado a
los obreros y no pagar demasiado por el proceso de
producción. ¿Cómo hacer esto? De nuevo es obvio:
hacerlo pagar en gran parte por 'otros.' Se llama 'la
externalización de costes.' Hay dos métodos
principales de externalizar costes. Uno es esperar que
el estado pague por la infraestructura necesaria por
la producción y la venta de los productos. La
desagregación de los estados representa una amenaza
aguda para esto. Pero el segundo y más importante
método es no pagar los costes dichos ecológicos: por
ejemplo, no reemplazar los bosques cortados o no pagar
por la limpieza de desperdicios tóxicos.Mientras existían otros bosques, o zonas aún no
utilizadas, luego no contaminadas, el mundo y los
capitalistas podían ignorar las consecuencias. Pero
hoy tocan los límites de la externalización de costes.
No hay más muchos bosques. Los efectos negativos de
una contaminación excesivamente aumentada de la
tierra, implican impactos serios y múltiples que nos
anuncian los científicos avisados. Por eso han surgido
movimientos verdes. Desde un punto de vista global,
hay únicamente dos soluciones: hacer pagar los costes
por los capitalistas; y/o aumentar los impuestos. Pero
esto último es poco probable, dadas las tendencias de
reducir el rol de los estados. Y lo primero implica
una reducción grave en las ganancias de los
capitalistas.Hay otros vectores que representan dilemas, no para
los empresarios, pero sí para los estados. Primero, la
polarización socio-económica cada día más aguda del
mundo corre parejas con la polarización demográfica
del mundo. Cierto, hay una transformación demográfica
en proceso desde 200 años al menos y ahora mismo toca
por primera vez al África que en el período pos-1945
tenía la tasa de crecimiento la más alta del mundo. No
obstante, aunque las tasas en general bajen, el foso
entre el Norte, donde las tasas son a menudo
negativas, y el Tercer Mundo, donde aún son altas, aún
sigue ensanchándose. Si hay recuperación de la
economía-mundo en el primer cuarto del siglo XXI, el
foso económico ya se agrandará, porque la recuperación
será fuertemente desigual.La consecuencia es fácil de prever. Habrá un fuerte
aumento de la migración Sur-Norte, legal o
ilegalmente. No importa. No hay mecanismos posibles
para impedirlo ni para limitarlo seriamente. Las
personas que querrían venir al Norte son reclutadas
entre los más capaces del Tercer Mundo y están
determinadas a llegar. Habrá muchos empleos
insuficientemente pagados para ellos. Por supuesto,
habrá una oposición política xenófoba contra ellos,
pero no bastará para cerrar las puertas.Si al mismo tiempo el rol de los estados disminuye (y
esto servirá también para permitir el aumento del
número de migrantes), la integración económica de
estos inmigrantes será limitada. Si la oposición
política no logra frenar la entrada, probablemente
logrará limitar los derechos políticos y sociales de
los inmigrantes. En este caso, preveo lo siguiente: el
número verdadero de inmigrantes 'sureños' y sus
descendientes inmediatos en los países del Norte será
entre 10-35% por ciento de la población, si no más. Y
esto no sólo en América del Norte y Europa Occidental,
sino también en Japón. Al mismo tiempo, este 10-35% de
la población más joven, mucho más pobre, y ubicado en
barrios urbanos segregados de hecho, será una
población obrera sin derechos políticos o sociales.
Retornaremos a la situación de la Gran Bretaña y la
Francia en la primera mitad del siglo XIX, aquella de
proletariados que son clases peligrosas. Así se
deshacen doscientos años de recuperación liberal y
esta vez sin posibilidad de repetir el guión. Preveo
que las zonas de conflicto social las más intensas en
el siglo XXI, no serán las Somalias y las Bosnias,
sino las Francias y los Estados Unidos. ¿Las
estructuras estatales ya debilitadas van a sobrevivir
ese tipo de guerra civil?Y si esto no fuera bastante, hay el problema de la
democratización. ¿Problema, digo yo? ¡Sí, problema! La
democratización no es una mera cuestión de partidos
múltiples, sufragio universal y elecciones libres. La
democratización es una cuestión de acceso igual a las
verdaderas decisiones políticas y a un nivel de vida y
a una seguridad social razonables. La democracia no
puede coexistir con una gran polarización
socio-económica, ni al nivel nacional, ni al nivel
mundial. No obstante, existe una ola de sentimiento
democratizador que se fortalece enormemente estos
días. ¿Cómo se traduce ella? La prensa y los últimos
heraldos del liberalismo anuncian que la
democratización se muestra en la caída de varias
dictaduras a través del mundo. Sin duda, esto
representa un esfuerzo de democratizar estos países.
Pero estoy un poco desengañado del éxito efectivo de
estos cambios. Lo que es más interesante es la presión
continua, no únicamente en el Sur, sino inclusive de
modo más fuerte en los países del Norte, para aumentar
los gastos para la salud, la educación, y la vida de
los retrazados. Pero esta presión agudiza, y
muchísimo, los dilemas fiscales de los estados. La ola
de democratización será el último clavo en el ataúd
del estado liberal.Vemos lo que pasa estos días en los Estados Unidos.
Por todas estas razones, el período frente a nosotros,
los próximos 30-40 años, será el momento de la
desintegración del sistema histórico capitalista. No
será un momento agradable de vivir. Será un período
negro, lleno de inseguridades personales,
incertidumbres del futuro y odios viciosos. Al mismo
tiempo, será un período de transición masiva hacia
algo otro, un sistema (o unos sistemas) nuevo(s). Al
decir esto, sin duda se preguntan Uds. porque les he
dicho que les traigo un mensaje de esperanza.Nos hallamos en una situación de bifurcación muy
clásica. Las perturbaciones aumentan en todas
direcciones. Están fuera de control. Todo parece
caótico. No podemos, nadie puede, prever lo que
resultará. Pero no quiere decir que no podemos tener
un impacto sobre el tipo de nuevo orden que va ser
constituido al fin. Todo lo contrario. En una
situación de bifurcación sistémica, toda acción
pequeña tiene consecuencias enormes. El todo se
construye de cosas infinitesimales. Los poderosos del
mundo lo saben bien. Preparan de múltiples maneras la
construcción de un mundo poscapitalista, una nueva
forma de sistema histórico desigual a fin de mantener
sus privilegios.El desafío para nosotros, sociólogos y otros
intelectuales, y para todas las personas en pos de un
sistema democrático e igualitario (los dos adjetivos
tienen idéntico significado), es mostrarnos tan
imaginativos como los poderosos y tan audaces, pero
con la diferencia de que debemos vivir nuestras
creencias en la democracia igualitaria, lo que no
hacían nunca (o raramente) los movimientos de la vieja
izquierda. ¿Cómo hacerlo? Es lo que debemos discutir
hoy, mañana y pasado mañana. Es posible hacerlo, pero
no existe una certidumbre sobre eso. La historia no
garantiza nada. El único progreso que existe es
aquello por lo cual luchamos, con -recordémoslo-
grandes posibilidades de perder. Hic Rhodus, hic
salta. La esperanza reside, ahora como siempre, en
nuestra inteligencia y en nuestra voluntad colectiva.info@argenpress.info
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