Rodrigo Carazo Odio, 1926-La globalización es y ha sido un sueño de la humanidad

Fundamentalismo globalizador

Rodrigo Carazo Odio, Expresidente de la República

La Nación, Costa Rica

25 de agosto 2001

 

Época de cambio más que de crisis. Realidad que se vive, se sufre y por ello se comprueba. La globalización se inicia hace siglos cuando los navegantes la demuestran.

McLuhan, pensando en la paz, nos habló de una aldea planetaria; Gandhi, soñando con la justicia en las relaciones humanas, señala que la unidad debe respetar la diversidad. La globalización es y ha sido un sueño de la humanidad: época de cambio.

Por décadas entendimos que globalismo significaba dependencia de todos los seres humanos entre sí. El mundo soñó con un gobierno planetario y que cada persona estuviese consciente de que, cuando haya quienes sufren pobreza y vivan sujetos a la indignidad, nadie puede sentirse libre de culpa, mucho menos inocente moral.

Poder económico. La desaparición de fronteras morales entre países, el respeto universal a los derechos humanos, hacía sentir la posibilidad de solidaridad entre los pueblos y personas: globalismo de sentimientos, de afanes, de salud, de calidad de vida. Los negocios de repente se tornaron extraterritoriales, manejaron el poder económico y con él hicieron gala del dominio de las gentes en todos sus niveles, desde representantes de pueblos hasta menesterosos.

Esa extraterritorialización de las empresas las liberó de todo lo doméstico y lo humano y así constituyeron la empresa en instrumento para multiplicar dinero con total ausencia de preocupación por las gentes, los países, la naturaleza y los principios morales. Primó la polarización riqueza-pobreza en un mundo globalizado en el que los países se ven forzados a sufrir posposición, los gobernantes se transforman en gobernadores que representan intereses extraños y no de sus pueblos. Desaparecen las empresas pequeñas y medianas que proporcionan trabajo a lo largo y ancho del planeta y se habla de libre comercio practicado para las empresas sin patria, sin Dios, sin valores morales, sin ninguna regla que se salga del resultado financiero.

Violencia planetaria. Hemos leído cómo se pretende globalizar hasta la globalización. Si la violencia ha aparecido frente a las reuniones de los gestores de la violencia planetaria (G-7 y G-8), nadie puede afirmar qué clase de violencia vino primero, si la concentración monumental de la riqueza, o las piedras en las calles. Pero a eso, ocurrido en las calles, no se limita la oposición a la globalización. Millares nos reunimos en enero del 2001 en Porto Alegre a señalar que "otro tipo de mundo es posible".

Estamos conscientes de que toda respuesta y oposición demanda ser necesariamente global. Por ello, las fronteras no pueden atajarnos cuando luchamos contra esas fuerzas que han borrado toda forma de ámbito político. Es urgente enfrentarse con la causa de tanta miseria planetaria y con el derrumbe de tantos pueblos indefensos, con la concentración del crecimiento económico en pocas áreas de producción, inclusive de alimentos y de pequeña industria que desplaza centros de trabajo y acaba con la capacidad de compra de los pueblos.

¡Botar arroz! Llega a tal extremo la globalización del entreguismo que, aunque haya que botar arroz producido por costarricenses, no se puede limitar la importación de arroz porque esto podría molestar a los Estados Unidos: ¡habrase visto! No solo en las violentas manifestaciones citadas por los escritores "de moda" de la globalización, que dominan los medios ahogando toda posibilidad de expresión contraria, sino en las más diversas zonas del mundo, se levanta la voz del humilde y del letrado contra la "globalización".

En El Tiempo de Bogotá del 28 de abril del 2001 se lee: "Vaticano. El Papa fustiga la globalización.El Papa Juan Pablo II lanzó un duro discurso contra la globalización y se mostró contrario a ella si supone una nueva versión del colonialismo y dijo que esta ëno puede prescindir más de un código de ética comúní ".

Quienes somos testigos de la concentración mundial de lo financiero nos imaginamos a un inmenso gigante que, como el rey Midas, transforma en oro todo lo que toca y que, por ausencia de intercambio, deja sin recursos a sus potenciales clientes. La globalización que la humanidad conoce y sufre hoy es la globalización de la avaricia. Reunir bajo un solo sombrero a todos los que combaten los vicios de tal globalización, como lo hacen los "escribidores" de moda neoliberales, es padecer un complejo de fundamentalismo globalizador.



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